Por: Álvaro Cotes Córdoba.
Santa Marta, ad portas de cumplir su cumpleaños número 500, afronta uno de sus peores males: La inseguridad y una ola de crímenes por diferentes motivos.
Cuando se creía que la urbe había superado el atraso y la salvaje convivencia de décadas anteriores, siendo escenario primero de vendettas entre mafiosos, entre familias de otras regiones y después entre paramilitares, con saldos muy elevados de víctimas, en el año de la víspera de su onomástico especial, se le vino de nuevo la mala racha.
Y aunque en ese período se evidenció más, lo cierto fue que comenzó cuando regresó a las manos de quienes por más de medio siglo la mantuvieron en la postración del olvido, uno de los factores importantes de su retraso y con ellos volvieron sus males sociales de siempre.
No es justo que, la ciudad dos veces santa como dice en su himno y la más antigua de Colombia, incluso por donde primero entraron los españoles a Sudamérica y desde donde se fraguaron expediciones que llegaron a descubrir otros imperios de pueblos indígenas existentes por el entonces, ahora esté padeciendo de nuevo esa mala racha, precisamente en la víspera del día de su fundación hace 500 años.
Nada es el azar y las consecuencias no aparecen por sí solas. Eso se ha visto a lo largo de la existencia humana en la Tierra. Pero las sociedades aprenden de las experiencias, se reponen y siguen adelante, sin olvidar sus pasados, para no volver a cometer los mismos errores.
Sin embargo, en Santa Marta las malas rachas van y vienen como las olas del mar, unas veces con picos más altos que otras, en diferentes etapas del año, todo dependiendo de la naturaleza misma. No obstante, con el ilegítimo gobierno que hoy la preside, nada es seguro y cualquier cosa puede pasar e incluso lo que ya se está viviendo: Otra vez la matazón e inseguridad que nos hace ver como antes, como una capital turística, con las mejores playas tropicales del mundo, pero a la vez con la peor gobernanza del Universo que no le brinda ni siquiera la seguridad y tranquilidad a su gente ni a la misma urbe, para que al menos pase un cumpleaños en paz y en armonía con su rica historia y hermosos paisajes naturales. Ya hasta la están llamando de nuevo como la apodaron durante las malas rachas mencionadas al principio de este artículo: “El Oeste Samario”.
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